Para el restaurante Ambrosía, lo importante es acercarse al manjar de los dioses, ser un espacio cálido, reservado, y ofrecer un servicio que marque la diferencia hasta en sus más mínimos detalles.
En la mitología griega, la ambrosía es a veces la comida, y otras la bebida de los dioses, refiriéndose al alimento para lograr la inmortalidad. Sin embargo, investiga-dores clásicos han negado que haya algún ejemplo claro en el que la palabra ambrosios signifique necesa-riamente inmortal, definiéndola como fragante. De ser así, la palabra podría proceder del semítico ámbar, o ámbar gris, al que las naciones orientales atribuían propiedades milagrosas. Se cree también que tanto el néctar como la ambrosía eran tipos de miel, en cuyo caso su poder de conferir la inmortalidad sería debido al supuesto poder curativo y limpiador de la miel.

Como sea lo que la historia y la mitología enseña, lo cierto es que Ambrosía es un restaurante muy citadino, está enclavado en pleno centro y se encuentra detrás de la colonial Casa Colorada, muy cercano a la Plaza de Armas. Simplemente acogedor, en su interior destaca un concepto cálidamente contemporáneo, un verdadero oasis con buen ambiente, música y tranquilidad en medio del intenso ajetreo capitalino. La decoración, creada por la familia, denota modernidad y comodidad, con luces a distintas alturas en la zona del bar, en el restaurante predomina la madera en todo su entorno.

En un diccionario gastronómico gigante estaba este nombre que gustó inmediatamente a todo el clan Bazán Bañados, sus propietarios. El Ambrosía, con casi dos años de funcionamiento, tiene una capacidad para 120 personas, terraza incluida, y una carta pequeña, pero contundente, que cambia dos veces al año. Tiene para todos los gustos, mucho marisco, pescado, y una gran variedad para cada cosa. Su cocina mantiene una línea más bien clásica, lo clásico es lo clásico y hay que respetarlo, dicen, sin embargo, la excepción a la regla nunca falta, y está el curry de pollo, salsa de bernese con filete, salsa con salmón, y centollas con mango o palta. A todo esto, los infaltables e inamovibles strogonoff, lasagna de crepes con camarones y champiñones al pomodoro, ensalada cesar con pollo, camarones o lechuga romana, son platos fijos en la carta.








Carolina Bazán Bañados, chef de Ambrosía, siempre ha tenido la gastronomía en sus narices. Debido al trabajo de su padre, Alvaro Bazán, diplomático de carrera, sus continuos viajes la vincularon a la cocinería peruana, norteamericana y argentina. Nacida en este último país, al regresar a Chile se dedicó a trabajar con su madre, Luz María Bañados, en banquetería. Al definir qué estudiar, se decidió por gastronomía en Inacap, Apoquindo, realizando la práctica en los restaurantes Tequila y Le Fournil, Sin embargo, la práctica final la hizo con la conocida banquetera peruana y dueña de varios restaurantes, Marisa Guiulfo, quien le enseñó muchos de los secretos de su oficio. Precisamente en Perú, tuvo mucha importancia el trabajar en la cumbre presidencial iberoamericana 2001 para el rey de España, el presidente de esa nación, y destacadas personalidades del ámbito político.

Gracias a una familia muy gourmet, Carolina siempre tuvo incorporada la cocina. En Perú se dio cuenta que a muy temprana edad, su gente tiene una cultura gastronómica que convive permanentemente con la crítica; otra de las cosas que le llamó la atención fue el nulo temor que los peruanos tienen de aliñar, probar mezclas en los platos, dándole a las comidas una sazón muy especial, sabrosa y natural. Sin embargo en el Ambrosía es diferente, hay que ser cuidadoso con los condimentos y aliños, y mantener el menú clásico. Carolina confiesa que le gusta lo agridulce, pero sabe que debe mantener un estándar en el restaurante. Probablemente a futuro en nuestro país - nos indica la chef - la gente se va a atrever a probar, pues cada vez más existe una mayor apertura hacia nuevas tendencias y a tener una cultura gastronómica más abierta.

Con apenas cuatro años de carrera, la chef ha sido propuesta como chef revelación del año 2005 junto a otros colegas, y una revista la eligió una de las mejores chef del país. Todo ha sido muy rápido para mí - asegura Carolina - los premios tienen un gran significado, pero yo me preocupo de trabajar, sin embargo, esto permite darme cuenta que lo estoy haciendo bien. Esta carrera como cualquier profesión, es difícil, egresan muchos y les va bien a pocos. Llegar a ser chef de un restaurante no es fácil, hay que empezar de muy abajo y ascender requiere tiempo. Tuve la suerte de estar en un negocio familiar, pero debo cumplir con las expectativas que se esperan de mí para poder seguir en el puesto.

En el Ambrosía la mayoría son mujeres, existe el toque femenino a pesar de la rudeza que existe en la cocina, con cerca de 40 grados de calor en ella y la presión de cumplir a tiempo con los platos. También no es fácil la cuestión de los horarios. En momentos que los demás descansan, un chef debe trabajar, con eventos y banquetes los fines de semana, y con poco tiempo para otras actividades. Todo esto es estresante - añade Carolina - pero es la única forma de avanzar, siendo funda-mental la vocación, de lo contrario es mejor no seguir, pues hay que trabajar muy duro. el resto es talento y tener el gusto adquirido para determinar cuánto de esto o de lo otro, y mucha práctica. Según la chef, las escuelas entregan la base, pero es muy distinto estar en clases y preparar uno o dos platos al día trabajando con un compañero, que preparar almuerzo para cien personas o más todos lo días, para eso se requiere organización, hacer bien las cosas y saber qué va primero, qué después, determinar el menú para cada ocasión y usar los productos de tal forma que no se echen a perder las cosas, comprar la cantidad justa y necesaria para la cantidad de gente que va a ir a tu restaurante - finaliza la chef.

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